Saber y Poder en la Universidad de masas.
(TPC)
En palabras cercanas, específicamente en palabras de rectoría: “La necesidad de actualizar los perfiles académicos al interior del Instituto de Historia y Ciencias Sociales, para lograr mayores niveles de productividad académica y científica, en conformidad con los nuevos estándares y requerimientos existentes en el actual sistema de educación superior.
En palabras cercanas, específicamente en palabras de rectoría: “La necesidad de actualizar los perfiles académicos al interior del Instituto de Historia y Ciencias Sociales, para lograr mayores niveles de productividad académica y científica, en conformidad con los nuevos estándares y requerimientos existentes en el actual sistema de educación superior.
A lo que naturalmente, cabría preguntar: ¿Cuales son aquellos estándares y requerimientos científicos y en qué contexto se desarrollan? Como ya hemos visto, no lo hacen en un ambiente progresista, ni mucho menos crítico. Lo hacen desde, y para, los intereses del capital, específicamente del capital extranjero de carácter norteamericano.
¿Cuáles han sido
los efectos de esta cruzada en las universidades del mundo? ¿Cuáles serán los
efectos que tendrá, seguramente, en este Instituto?
Intentemos
entregar un razonamiento histórico a esta situación. Comencemos.
En la década de los 80´ con las reformas neoliberales de Thatcher y Reagan y el lento hundimiento de la URSS, comenzaba a dibujarse el panorama de lo que sería el mundo hasta el día de hoy. Enzo Traverso lo ha planteado de forma bastante clara: “El año 1989 no es una simple marca en el desarrollo cronológico del siglo XX. Lejos de inscribirse en la continuidad de una temporalidad lineal, indica un umbral, un momentun, que cierra una época para abrir otra”.
Una vez que cayó el muro de Berlín, colapsó la URSS y el comunismo se desintegró a nivel internacional, Estados Unidos se alzó como aquel paradigma que había logrado quedar en pie, ante todos sus enemigos en el suelo derrotados.
Desde aquel
instante, y expresado con fuerza en el Consenso de Washington, Estados Unidos emprendió
una reestructuración del mundo. Un nuevo mundo a su imagen y semejanza. Un mundo
articulado en torno al bien del imperio.
El modo de
producción neocapitalista logró avanzar e imponerse sin resistencias considerables
o consistentes.
Como todo modo
productivo, es decir como una totalidad concreta, el modo productivo neocapitalista
no implicaba solamente la modificación de las relaciones económicas o
infraestructurales. También implicaba una modificación de las relaciones
jurídicas (desechar todos los logros legales conseguidos por la clase obrera),
una modificación de las relaciones políticas (los gobiernos como tecnocracias
que solo “administran” un orden natural de las cosas). Y por último, lo más
importante, una modificación de las relaciones científicas y las relaciones
ideológicas. Para ello, la modificación del sistema educativo y sobretodo el
universitario era la gran prioridad, pues, en cierta medida, los medios de
comunicación masiva ya estaban controlados por el capital.
Sin duda la
modificación de las relaciones ideológicas aparece como la más relevante de
todas. La ideología condiciona y determina nuestras relaciones con lo real,
ella es el marco de referencia que mediatiza las acciones de las mujeres y los
hombres con sus condiciones de existencia. Ella justifica una realidad
determinada, la naturaliza y determina el pensamiento y la práctica de los
individuos en sociedad.
Uno de los
intelectuales que ha reflexionado con mayor detención sobre el rol que juega la ideología, es el filoso francés Lois
Althusser. Althusser demostró que la ideología tenía tal relevancia y tal
fuerza que en ningún caso podía ser reducida al plano superestructural.
La ideología más
que estar ubicada en los últimos pisos del edificio social, sería el cemento
que entrega unidad al edificio entero. La ideología está presente en el momento
económico, en el político, en el jurídico, y hasta en el científico.
La ideología es omnipresente y eterna, como
el inconsciente en Freud.
Se comprende
entonces la preocupación y los esfuerzos realizados en este terreno por Norteamérica.
El esfuerzo político/ideológico desarrollado por Estados Unidos apuntaba hacia
un objetivo concreto: Congelar la
percepción de los tiempos. Congelar la concepción del tiempo económico, el
jurídico, el político y el ideológico: La gran política del neoliberalismo ha
sido la negación del cambio social a través del tiempo. La negación de la
política. En último termino, la negación de la Historia.
La Universidad que
si bien nunca fue un espacio totalmente critico contaba con ciertos focos de
resistencias que eventualmente podían denunciar estas políticas impulsadas por
los halcones de Washington. Ella fue uno de los principales blancos en la
cruzada ideológica de Estados Unidos. Ya se controlaban los medios
comunicativos, ahora solo faltaba controlar la educación.
Para que esos
focos contra-hegemónicos fueran anulados o invisibilizados era necesario
atacarlos en su raíz, es decir, quitar autoridad y prestigio a la institución
universitaria. Lo ideal era reducirla a un espacio más dentro de muchos en la nueva
sociedad, una institución como cualquier otra, sin mayor peso teórico, sin
mayor peso ideológico.
Los tecnócratas
neoliberales recogieron de la opinión pública el rechazo a algunas de las
prácticas de las universidades y las inflaron para que pareciesen mayores de lo
que realmente eran. Se buscaba quebrar la relación entre la universidad y la
sociedad.
Respaldándose en
la opinión pública, los tecnócratas rápidamente condenaron a las Universidades
por estar presas de un modelo “anticuado” (casi decimonónico). Había que
actualizarlas, ponerlas al día con los nuevos tiempos. Había que sacarlas de su
“pereza”, de su “modorra intelectual” y hacerlas “productivas”.
Las
Universidades se han visto envueltas en un huracán productivista que privilegia
las publicaciones de artículos en cuanto cantidad y no en cuanto calidad. La
“calidad” de un académico se mide por la cantidad de artículos publicados en
revistas indexadas. (Que nadie lee, y
que no le importan a nadie, salvo a los especialistas).
Con la llegada de esta filosofía productivista se proletarizó la labor académica/docente hasta niveles insospechados. Ya no importaba nada, solo publicar. Si había que plagiar se plagiaba. Si había que mentir, se mentía. Si había que pegar coletazos a los colegas con tal de ganar espacio en una revista o mejor aún ganar un proyecto, se pegaban los respectivos coletazos. Los homus académicos se convirtieron en caníbales.
Con la llegada de esta filosofía productivista se proletarizó la labor académica/docente hasta niveles insospechados. Ya no importaba nada, solo publicar. Si había que plagiar se plagiaba. Si había que mentir, se mentía. Si había que pegar coletazos a los colegas con tal de ganar espacio en una revista o mejor aún ganar un proyecto, se pegaban los respectivos coletazos. Los homus académicos se convirtieron en caníbales.
Ahora bien, no
solo la filosofía del productivismo en clave neoliberal fue el arma de combate
de los tecnócratas, ellos se valieron de una segunda filosofía: La filosofía
posmoderna. El posmodernismo contaba con un elemento que a los ojos de Estados
Unidos parecía muy valioso: La
relativización discursiva de la realidad. En palabras simples: la igualdad
de discursos. La validez de todos los
puntos de vista.
En estricto
rigor esto no debería parecernos tan nefasto. Cada cierto tiempo se nos
recuerda la importancia de escuchar con tolerancia y respeto al “otro” y que
todos tienen derecho a manifestar sus opiniones. Hasta aquí no habría gran
problema. No obstante, los inconvenientes surgen cuando se trata de defender
realidades indefendibles: Como relativizar los excesos políticos de la derecha
aludiendo a que “es su punto de vista”
o justificando la pobreza y la explotación porque “es nuestro punto de vista” etc.…creemos que no es necesario
entregar mas ejemplos. La igualdad de los discursos es un problema serio para
las contra-hegemonías, pues, ellas pueden estar señalando problemas sociales
serios, pero como “solo es un punto de
vista” pierde toda significación o valoración política. La igualdad
discursiva es tremendamente paralizante. Todos son puntos de vista, interpretaciones,
lo “real” no existe, es solo una perspectiva más. El hambre, la miseria y la explotación
también serian un punto de vista…
En síntesis: Norteamérica
ha colonizado nuestros saberes y nuestras representaciones mentales,
reprimiendo toda discrepancia con el garrote del neoliberalismo y/o
disfrazándolo con el oscuro lenguaje del posmodernismo y la igualdad discursiva.
Con la
consolidación del neoliberalismo (y su ideología disfrazada como no-ideología)
muchos pensaron que habíamos llegado al fin
de la Historia. No obstante, Los
funerales eran algo prematuros. Pronto surgirían y resurgirían
Contrahegemonías que de forma muy tímida -y a veces bastante tosca- comenzarían
a cuestionar este modelo de civilización. Aquí y allá se levantaron nuevas
voces que cuestionaron y condenaron los excesos del Nuevo Orden Mundial. Y que propusieron alternativas a ella.
Es por ello que
hoy más que nunca, es necesario que los espacios contra-hegemónicos, acosados
por el productivismo y también por el posmodernismo, comiencen a pasar a la
ofensiva. Ya no basta con defenderse, hay que tomar la iniciativa y luchar
contra la ideología dominante. Para conseguir esta difícil tarea, la formación
teórica es esencial, pues, ella es la herramienta para la lucha contra la
ideología. Por su parte, la lucha contra la ideología, es una lucha política.
Estudiar, cambiar el modo de pensar, y por lo tanto de actuar, también es
praxis. Quizás la mayor forma de praxis.
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